sábado, 13 de diciembre de 2008

Quito-Laguna San Pablo 28 de noviembre


Al levantarme por la mañana fuimos a desayunar a las 8 de la mañana. Enseguida extrañamos la amabilidad de Mindo al compararlas con el estilo “hipócrita-friendly” del hotel de Quito. El desayuno además de caro ( 9dólares), me sentó como un tiro.

Decidimos esperar unas horas para ver si me recuperaba y al final decidí que una simple fiebre no podía romperme la excursión. Digo fiebre, porque invertí una hora en autodiagnosticarme por internet y descartar una malaria ( su periodo de incubación era de 7 días mínimo y yo llevaba 4 días). También podría ser dengue, pero si lo era y como tan solo puede tratarse sintomáticamente con paracetamol, pues decidí seguir adelante.

Nuestro contacto en este caso provenía de la embajada española y era un taxista llamado Luis que se presentó a buscarnos casi una hora más tarde de la prevista, así que sobre las 13:00 salimos en dirección a las zonas indígenas de Otavalo.
Luis ya tenía más edad, 25 años y también tenía un hijo de 2 años. A pesar de su juventud había regentado un karaoke, transportado grandes camiones cargados de madera desde la Amazonía hasta Guayaquil y ahora trabajaba de taxista con su propio coche. Tenía todos los nudillos tatuados además de los antebrazos, señal de su pertenencia a alguna “mara” local y presumía de haber pateado hace poco a un ladronzuelo callejero. Con esa compañía, era experto en artes marciales y pensando que yo era algún “pez gordo” de España, viajamos tranquilos. A pesar de ello fue el taxista más prudente junto con Byron que conocimos.

Tras la comida, llegamos a Cotacachi, en plena zona andina.
La zona de Cotacachi, Otavalo e Ibarra es una zona indígena de cultura quechua, poblada por diversas culturas indígenas que se diferencian exteriormente por el tipo de vestido y coletas que llevan. Para nosotros todos eran iguales y comprendí porque se utiliza el nombre de “indito” para referirse a todos ellos, pues en general son bajitos, delgados, tímidos y muy humildes, así que la palabra que te sale para describirlos es “indito” con una mezcla de lástima y cariño. Algunas tenían signos de extrema pobreza e iban descalzos y con vestimentas muy raídas, pero en general, suelen tener un alto poder adquisitivo pues suelen realizar viajes por Europa y EEUU para vender su productos.

Paisajísticamente la zona presenta valles amplios, flanqueados por cordilleras de grandes volcanes, algunos de ellos nevados, con pequeños pueblecitos y campos cultivados que suben hasta muy alto por las laderas de los volcanes, aprovechando la fertilidad de la tierra.

Cotacachi es un pueblo especializado en la artesanía del textil. Tras visitar diversas tiendas realizamos algunas compras como chales, siempre con regateo incluido. Allí entramos también a una tienda de fruta cuya dueña, una indígena local, nos dijo que nunca la habían fotografiado y tras enseñarle la foto quedamos en mandársela. El precio de una bolsa entera de fruta fue de 3 dólares (plátanos, lichis, y frutos de nombre desconocido y sabores deliciosos). Después subimos a la laguna de cuicocha, que estaba entre volcanes, pero al estar todo bastante nublado y hacer frío decidimos no dar un paseo en barca por la laguna.

Finalmente dudamos entre dormir en Otavalo o en Lagunas de San Pedro, en un hotel que nos habían recomendado Carolina, una colega de Quito. Cuando llegamos a la hostería PuertoLago y nos enseñaron el alojamiento, Carolina ya se había ganado el cielo. A pesar de lo que ponía la guía Lonely Planet el hotel fue el más confortable de todo nuestro viaje (115 $). Era una cabaña de madera y ladrillo de dos plantas que contaba con una gran cama, sofá, mesas, sillas, y lo que es mejor, una magnífica chimenea, que enseguida mandamos encender, y un gran ventanal con vistas a la increíble laguna y a un volcan. De lo deslumbrados que nos quedamos le enseñamos la reseña que la Lonely Plante hacía del hotel al responsable y tras indignarse nos ganamos un cóctel de bienvenida en la cena.

Aquella noche en aquel sitio, con la chimenea a todo fuego , fue algo imborrable. El atardecer cubrió de un manto rojizo toda la laguna, reflejando las aguas el fuego del alturas. El fuego ejerce un magnetismo animal en mí que creo que es fruto de nuestra impronta histórica. Durante la cena empecé ya a sentir mi fisiología digestiva algo averiada, así que tan solo combién un bloody mary y una sopita.


A pesar del mix, dormí como un angelito.

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