martes, 9 de diciembre de 2008

Mindo 24 y 25 de noviembre




El lunes 24 amanecí a las 6 de la mañana sin haber dormido mucho tras escuchar por la noche a toda la fauna del mundo cantar bajo la lluvia “the piano has been drinking, not me” Los desayunos en la hostería eran espléndidos y siempre consistían en un buen zumo de fruta tropical (podían ser de guayaba, tomatillo de arbol, naranjilla, naranja, mora, o maracuyá), café con leche, mantequilla y mermelada sobre un pan exquisito de sémola y huevos revueltos o tibios ( así llaman a nuestro “huevo pasado por agua”). Posteriormente a las 8:30 empezamos el seminario, en total estábamos unas 15 personas de todo América, con el fin de discutir y reflexionar sobre la viabilidad de implantar estrategias en clave territorial en América del Sur y Centroamérica.

Mis colegas eran personas de más edad que yo y tenían un discurso muy elaborado. Algunos de ellos habían sido exjesuitas o incluso exguerrilleros en sus tiempos jóvenes y habían vivido el exilio en otros países. La colega de EEUU trabajaba con las comunidades locales de indios Navajos y otros habían sido importantes cargos en los Gobiernos de sus países. En fin, personalidades todas ellas apasionantes.


Hablamos largamente de la situación política en América, del extremismo de Chávez, de los alterados que estaban los líderes políticos Andinos con Evo y Correa como ejemplos, y de Lula y del gigante Brasil que ya es el lider regional hegemónico.


Tras la comida, a eso de las 14:00 reiniciábamos el seminario hasta las 17:30 donde todos nos recogíamos a las cabañas para continuar con las reflexiones en las piscinas exteriores y el baño turco hasta las 20:00, que iniciábamos la cena para luego irnos a dormir a la choza sobre las nueve. Esa noche la bóveda arbórea inició una nueva sinfonía sin fin a la que siguieron los ya habituales bailes en el techo de la cabaña, los cantos de una pareja de gallos a eso de las cuatro de la mañana y el croar de las ranas a eso de las cinco. Pero por fin descubrí que los animales que bailaban por el techo eran ardillas!!. Así ya pude dormir más tranquilo.

El martes 25 empezamos el día a las seis de la mañana con una buena caminata por el bosque húmedo, con el fin de ver tucanes, cotorras y otros pájaros. La caminata me permitió ver Mindo, un pequeño pueblo con algunas calles asfaltadas y otras de tierra, con pequeñas casas de madera con corrales donde deambulaban sin rumbo gallinas y cerdos, y con algunos restaurantes y alojamientos de lo más diversos. El valle de Mindo es uno de los mejores sitios para ver numerosas especies de aves que atraen a los apasionados de las aves de todo el mundo. Tan solo en Mindo existen más de 23 especies de colibríes. Además el río Mindo atrae un turismo de aventura que realiza el descenso del río en neumáticos, barcas y otras superficies flotantes.
A pesar de la humildad de sus casas, Mindo contaba con su centro de Internet local, farmacia y consultorio de salud.

Por la tarde ya, el antropólogo peruano decisión que ya estaba bien de beber jugos de fruta y pedimos una botella de ron que mezclada a palo seco con hielo y un poco de un limón híbrido con mandarina estaba exquisito. Esa noche tres de nosotros decidimos que era una buena idea visitar Mindo por la noche. Cuarenta minutos después y tras consumir un Magnus volvíamos a nuestras chozas…

Además de la fauna que habitaba mi cabaña, yo contaba con el “handicap” que un gran labrador retriever me solía perseguir por la noche ladrando sin parar hasta la misma puerta de la cabaña en el árbol, quiero decir que subía las escaleras. El resultado final de toda esa persecución era que yo nerviosamente nunca conseguía abrir la puerta de la choza y me veía obligado a entrar por la ventana tirándome de cabeza hacia una cama de dentro. Patético…menos mal que nadie me veía.
Lo gracioso del tema es que desde el domingo que me ocurrió eso por vez primera, por la mañana solía buscar al perro y hablarle y acariciarle para que me conociese y me dejase tranquilo. Así, pasaba bastante tiempo acariciándole la barriga y tirándole juguetitos para que los cogiese. Hasta que me enteré que en la hostería había dos perros labrador retriever idénticos, del mismo color canela, del mismo tamaño, y ambos machos, que como no se podían ni ver, los dueños tenían que mantener encerrado a uno de ellos por el día (el que me perseguía por la noche) y al otro por la noche (al que acariciaba por el día inútilmente…).

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