Nuestro objetivo para este día era visitar y realizar compras por el mercado de Otavalo, visitar un parque de animales con Cóndores y ver unas cataratas, para volver hacia Quito a eso de las 17:00.
Otavalo, es uno de los primeros mercados indígenas de Suramérica. En torno a sus y plazas, multitud de puestos se aprietan y cientos de turistas se agolpan en torno a los productos que presentan los otavaleños. La ciudad es el punto de reunión de la gente de la provincia entera, que acude tanto de los campos como de los pueblos y aldeas. La mayoría de la gente allá vestían las ropas típicas de los indígenas locales y el quichua se escuchaba fácilmente. Algunos de los inditos, los menos, iban descalzos.
A pesar de caer un sol a plomo, y que con esa altura se notaba más, Máximo se iba encontrando cada vez peor, necesitando ponerse ropa de abrigo a pesar del sol, así que tras probarme dos o tres jerseys en un puesto decidí refugiarme en un café local con terraza para descansar próximo a un buen baño. Allí estuve casi una hora hasta que mi “media naranja” decidió cerrar la temporada de compras autóctonas y emprendimos el camino hasta el sitio de recogida por el taxi. En mis lastimosas condiciones decidimos suspender el resto de las excursiones programadas y emprender el camino a Quito para reposar. Una lástima porque además de los paisajes nos perdimos la visita del mercado de animales donde uno podía ver desde cobayas (que se las comen asadas ) hasta llamas.
Tras una hora de espera al bueno de Joanny nos fuimos directos a Quito, y aunque al principio pensé en aprovisionarme de suero oral a mitad de camino, con la ayuda de un colega quiteño decidí dirigirme hacia un hospital cercano a Quito para que me reconociesen, pues ya llevaba tres días arrastrándome por Ecuador y al día siguiente teníamos que tomar un vuelo hacia las Galápagos.
Localizar el hospital nos costó 5 $, que fue la cantidad que le dimos a un abuelo local que se subió al coche con su nieta para darse una vuelta y al mismo tiempo indicarnos el camino. El viaje en taxi hacia Quito no estuvo mal, el bueno de Joanny reconoció que ese no era su taxi y que tenia la dirección averiada, por lo que no debíamos asustarnos si el coche se deslizaba hacia otros carriles, claro, cómo nos va a asustar eso- pensé.
Una vez en el hospital, enseguida me presenté como hipocondriaco reconocido, pero no pude conseguir que me internasen y que me hicieran “un completo” o sea que después de una simple analítica y tras algo más de un litro de suero lactato ringer en vena, ya me encontraba a mi pesar en la calle. Al final volvimos a nuestro Hotel CaféCultura a las 10 de las noche y nos fuimos directos a la cama pues al día siguiente teníamos que dejar el hotel a las 6 de la mañana. Mientras yo renacía de mis cenizas gracias a los electrolitos, mi “costillita” iba cayendo en barrena cansada de mis múltiples males.
Localizar el hospital nos costó 5 $, que fue la cantidad que le dimos a un abuelo local que se subió al coche con su nieta para darse una vuelta y al mismo tiempo indicarnos el camino. El viaje en taxi hacia Quito no estuvo mal, el bueno de Joanny reconoció que ese no era su taxi y que tenia la dirección averiada, por lo que no debíamos asustarnos si el coche se deslizaba hacia otros carriles, claro, cómo nos va a asustar eso- pensé.
Una vez en el hospital, enseguida me presenté como hipocondriaco reconocido, pero no pude conseguir que me internasen y que me hicieran “un completo” o sea que después de una simple analítica y tras algo más de un litro de suero lactato ringer en vena, ya me encontraba a mi pesar en la calle. Al final volvimos a nuestro Hotel CaféCultura a las 10 de las noche y nos fuimos directos a la cama pues al día siguiente teníamos que dejar el hotel a las 6 de la mañana. Mientras yo renacía de mis cenizas gracias a los electrolitos, mi “costillita” iba cayendo en barrena cansada de mis múltiples males.
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