martes, 16 de diciembre de 2008

Laguna San Pablo-Otaval-Quito 29-noviembre

La mañana del sábado fue magnífica, las vistas de la laguna y los volcanes daban otra perspectiva distinta de las vistas al anochecer. Tras el desayuno estuvimos jugueteando con las llamas y las alpacas del hotel, y esperamos un rato a que me fuera recuperando pues mi digestivo estaba haciendo “aguas”. Poco después de las 11 a.m. salimos hacia Otavalo en un taxi localizado por el Hotel. Esta vez el nombre del taxista era Joanny .
Nuestro objetivo para este día era visitar y realizar compras por el mercado de Otavalo, visitar un parque de animales con Cóndores y ver unas cataratas, para volver hacia Quito a eso de las 17:00.

Otavalo, es uno de los primeros mercados indígenas de Suramérica. En torno a sus y plazas, multitud de puestos se aprietan y cientos de turistas se agolpan en torno a los productos que presentan los otavaleños. La ciudad es el punto de reunión de la gente de la provincia entera, que acude tanto de los campos como de los pueblos y aldeas. La mayoría de la gente allá vestían las ropas típicas de los indígenas locales y el quichua se escuchaba fácilmente. Algunos de los inditos, los menos, iban descalzos.

Como nosotros estábamos en temporada baja no fuimos muchos los turistas que andábamos por allá. Los puestos de venta eran fundamentalmente de artesanía local, con sombreros tipo Panamá, alfombras, calabazas, bufandas, jerseys, cuero, etc. Todos ellos más o menos agrupados por zonas para facilitar la compra. Mi mujer-esposa-amiga-hija, enloqueció con los puestos y poco a poco tuvimos que comprar una bolsa local para guardar todo lo que adquiríamos.

A pesar de caer un sol a plomo, y que con esa altura se notaba más, Máximo se iba encontrando cada vez peor, necesitando ponerse ropa de abrigo a pesar del sol, así que tras probarme dos o tres jerseys en un puesto decidí refugiarme en un café local con terraza para descansar próximo a un buen baño. Allí estuve casi una hora hasta que mi “media naranja” decidió cerrar la temporada de compras autóctonas y emprendimos el camino hasta el sitio de recogida por el taxi. En mis lastimosas condiciones decidimos suspender el resto de las excursiones programadas y emprender el camino a Quito para reposar. Una lástima porque además de los paisajes nos perdimos la visita del mercado de animales donde uno podía ver desde cobayas (que se las comen asadas ) hasta llamas.

Tras una hora de espera al bueno de Joanny nos fuimos directos a Quito, y aunque al principio pensé en aprovisionarme de suero oral a mitad de camino, con la ayuda de un colega quiteño decidí dirigirme hacia un hospital cercano a Quito para que me reconociesen, pues ya llevaba tres días arrastrándome por Ecuador y al día siguiente teníamos que tomar un vuelo hacia las Galápagos.

Localizar el hospital nos costó 5 $, que fue la cantidad que le dimos a un abuelo local que se subió al coche con su nieta para darse una vuelta y al mismo tiempo indicarnos el camino. El viaje en taxi hacia Quito no estuvo mal, el bueno de Joanny reconoció que ese no era su taxi y que tenia la dirección averiada, por lo que no debíamos asustarnos si el coche se deslizaba hacia otros carriles, claro, cómo nos va a asustar eso- pensé.

Una vez en el hospital, enseguida me presenté como hipocondriaco reconocido, pero no pude conseguir que me internasen y que me hicieran “un completo” o sea que después de una simple analítica y tras algo más de un litro de suero lactato ringer en vena, ya me encontraba a mi pesar en la calle. Al final volvimos a nuestro Hotel CaféCultura a las 10 de las noche y nos fuimos directos a la cama pues al día siguiente teníamos que dejar el hotel a las 6 de la mañana. Mientras yo renacía de mis cenizas gracias a los electrolitos, mi “costillita” iba cayendo en barrena cansada de mis múltiples males.

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