lunes, 8 de diciembre de 2008

Domingo 23 de noviembre. Madrid-Quito-Mindo

Buenas tardes, el señor deseará árbol o suelo?- dijo el recepcionista del Hotel.
Árbol por supuesto- dijo Máximo, y veinte y tres horas después de salir de Madrid, Máximo durmió su primera noche en una cabaña en un árbol en medio del bosque húmedo de la reserva de Mindo en Ecuador, a unas dos horas de distancia de Quito.

El viaje que me llevó hasta allí duró unas 23 horas, saliendo de Madrid a las 0:30 del domingo 30 de noviembre y llegando a las 12:00 horas de Quito. Seis horas de retraso, debido al cierre del aeropuerto de Quito por la niebla lo cual nos obligó a sobrevolar infructuosamente esa ciudad durante una hora, para luego dirigirnos al aeródromo de Manta, en la costa del pacífico, donde tuvimos que repostar, y realizar una escala obligada en Guayaquil para después aterrizar finalmente en nuestro destino previsto.

Al final el vuelo duró unas 17 horas en vez de las algo más de las 10 horas previstas.

Y sí, es posible estar 17 horas sin hablar con nadie siempre y cuando al lado te toque un marine colombiano que no dijo “ni mú” al sentarse y así seguimos hora tras hora viendo quien podía más. Fue una lástima que aterrizáramos tan pronto porque casi había empezado a aprender el lenguaje de los signos (probablemente el marine era sordomudo o sufría de estrés postraumático y yo, seguro, soy gilipollas…).

Al llegar a Quito, la organización me había reservado un hotel para que descansase pero por el retraso tan solo lo pude utilizar para ducharme y desayunar pues debía de estar de nuevo a las 14:30 en el aeropuerto porque la organización nos recogía para irnos camino de Mindo.

Debido al jet-lag y a la altura de Quito mi estado mental estaba más embotado que de costumbre y en el hotel pedí bolsitas de mate de coca que son más o menos estimulantes frente al mal de altura. Además de la altura, otros sentidos se estaban poniendo a prueba. Todo Quito huele como a gasolina debido a la ausencia de catalizador en los coches, y el sol cae a plomo obligandome a utilizar gafas de sol y crema protectora.

En el aeropuerto conocí a mis primeros compañeros de seminario, una italiana residente en Bolivia, un antropólogo peruano, un economista boliviano y dos doctorandas ecuatorianas y con todos ellos emprendí el viaje en una furgoneta-taxi hacia Mindo.

Allí nos alojamos en la Hostería “El Carmelo” y poco tiempo después tras dejar mis pertenencias en la cabaña aérea me encontraba disfrutando de un baño en el jacuzzi exterior. Allí experimenté el primer momento zen del viaje, flotando libremente en las piscinas de agua caliente y fría en medio de la bóveda arbórea escuchando multitud de pájaros y escuchando a lo lejos el dulce acento ecuatoriano. El hotel estaba además lleno de colibríes.

Tras la cena, sobre las 21:00, me retiré a mi cabaña. Parecía imposible dormir allí, había empezado a llover y al ruido de las gotas al caer sobre el tejado de hojas de palmera se le sumaba el viento, que además movía ligeramente la cabaña. Por si fuera poco, una gran bandada de pájaros se había asentado cerca y sus cantos fueron constantes durante toda la noche.

Si así era difícil conciliar el sueño, al poco de acostarme me desperté sobresaltado al escuchar ruidos en el interior de la cabaña. Había “algo” en la cama de al lado y la luz estaba en la puerta así que tenía que levantarme junto a ese “algo” que estaba allí. Mi primer pensamiento fue que el perro que estaba abajo se había metido en mi cabaña. Cuando encendí la luz, nada. Levanté los colchones y excepto grandes arañas y algunas hormigas horrorosas no ví nada. Al volverme a meter en la cama, al poco tiempo los ruidos volvieron. Volví a repetí la operación y de nuevo nada. Los ruidos seguían pero enseguida me dí cuenta que en aquella cabaña había mucha vida y que el “artista invitado” era yo y no ellos. Así que seguí pensando y así descubrí que había algunos agujeros en los listones de madera de bambú del techo de la cabaña y que entre esos listones y el techo de hojas de palmera podían anidar animales. Con eso me quedé más tranquilo e intenté dormir. Los ruidos de todo tipo prosiguieron. La bóveda sonora de esa selva era impresionante. En apenas 24 horas había cambiado los ruidos de Madrid por los de un bosque bien vivo. Eso impresiona a cualquiera. Duerme Máximo, duerme.

No hay comentarios: